22 de Julio de 2025 – Parque Nacional de Chobe, Botswana – Un punto alto en el viaje por el sur de África al que omitirlo hubiera sido pecado turístico. Desde Victoria Falls en Zimbabwe es …
22 de Julio de 2025 – Parque Nacional de Chobe, Botswana – Un punto alto en el viaje por el sur de África al que omitirlo hubiera sido pecado turístico. Desde Victoria Falls en Zimbabwe es fácil llegar, hay que tener la visa adecuada. En nuestro caso la visa Kaza Univisa nos habilitaba para una visita de un día. Allá vamos. Primero, pagar el tour, no lo hay gratis como todos desearíamos. Te buscan en tu alojamiento. Tocaron bocina en la puerta de nuestros anfitriones, ya estábamos listos a la hora señalada que fue 07:25. Fuimos los ante últimos en subir al bus. Tenemos japoneses, gringos, franceses, hispanoparlantes, que se yo y el chofer. Por suerte no hay un guía hablando todas esas cosas que olvido inmediatamente. Algo menos de una hora de viaje y llegamos a la frontera con Botswana. Sellado de pasaportes de salida de Zimbawe. Prueba superada. El chofer de la nueva empresa nos guía, a nosotros y al resto del grupo odio los grupos, hasta el control sanitario. Control sanitario de Botswana, prueba reprobada. Nos piden el certificado de vacunación de fiebre amarilla, nuestro sello de entrada a Brasil nos delata. Los dejamos en nuestro alojamiento en Vic Falls. Están muertos de risa en mi valija. Hay un recurso de apelación: apelamos al «lubricante universal» de marca «USD 20» y prueba superada, sofocón mediante. Ahora sellado de pasaportes de ingreso a Botswana. Prueba superada. Breve viaje y nos reciben en un bonito gran hotel. Se llama Cresta Mowana Lodge Marina. Alguien habla, por suerte muy poco. No presté atención. Resultó que pasaron lista para embarcar, y yo no escuché mi nombre, pues donde contratamos, no se bien porqué me habían bautizado «Ovir». Aunque sea mi propio sobrenombre, no esperaba escucharlo ahí. Embarcamos en un catamarán de dos cubiertas, en la superior hay sillones de mimbre. Sintético. Y mesitas, todo bien pensado, y uno se acomoda como se le da la gana. Aquí si hay un guía, por suerte se limita a una introducción y luego durante la navegación solo el nombre de la bestia que vemos y alguna aclaración. Estamos navegando el rio Cuando, afluente del mighty Zambezi, que es grande pero no parece tan poderoso como el adjetivo que siempre le ponen. No demoramos en entrar al parque, y comenzar a ver elefantes, que son los pobladores más abundantes. Pero hay y vimos impalas, antílopes de agua, cocodrilos, hipopótamos, y sietes leones, que, según nos dijeron, no son fáciles de ver. Aves varias, como de costumbre, olvidé sus nombres. Los incluí, como siempre, en la especie «ignoritos». Volaban águilas africanas. Una navegación tranquila y apasionante, que culminó con un almuerzo buffet bueno y generoso en el mismo hotel que nos había recibido. Compartimos la mesa con una parejita de japoneses en luna de miel. Exhibí mi buen japonés que se reduce a contar hasta tres y decir como te va. Subirse a las camionetas de safari. Son 4×4 reformadas para acomodar tres filas en escalera, de tres asientos cada una. Como se ocuparon todos los asientos, apelando a la matemática cuántica, obtuve por resultado nueve «intrépidos» integrantes del safari, y el chofer. El chofer es gordo y feo como un oso gordo y feo. Es de color. Color negro, especifico, pues bien podría ser chino, sioux o noruego, que el blanco también es un color. La entrada del parque está cerca del hotel. Dentro del parque, hay varias huellas arenosas donde circulan las camionetas. Agregamos más cercanía a los elefantes e impalas. Otros animales nos contemplaron y les retribuimos. Jirafas, kudus, gallinas de Chobe, otras aves, monos. En realidad los animales no se interesan casi en absoluto por los «valientes exploradores del safari» y si lo hacen ponen cara de ver unos feos tipos en una jaula que anda. En esto invertimos unas dos horas, que también pasaron volando. La misma camioneta nos dejó en la frontera, hicimos la papelería inversa (menos el control sanitario). Nuestro bus nos esperaba, y nos dejó en casa, en Victoria Falls, al atardecer. Maravillado digo: Quien visite la zona, y no visite Chobe, no visitó nada.